martes, 13 de junio de 2017

Una foto, una historia

La foto es de los primeros 80, y de todo lo que se ve soy el único sobreviviente. Poco queda de ese nene de pelo rubio y apósito en la pera por querer jugar a Batman desde una cama de madera; nada –literalmente- de los otros protagonistas de la imagen, mi padre y el Francisco Urbano, la cancha del Deportivo Morón que en nombre de la modernidad cedió el terreno a un conocido hipermercado. Fue justamente mi viejo quien me inculcó el amor por la camiseta blanca con franja roja cruzando el pecho, que vistieron héroes del ascenso como los mellizos Romagnoli, Miguelito Colombatti, el Beto Pascutti y el goleador Damián Akerman, aún vigente. Aquella tarde gris de la foto papá me llevó a la cancha a ver un partido olvidable, fui mascota del equipo y sellé para siempre el amor por esos colores que veneraba toda mi familia. Pasaron los años, y en 1990 tuve la suerte de estar en la tribuna para verlo campeón. Esa otra tarde inolvidable la viví con dos compañeros del colegio y con mi viejo, claro, que revivió triunfos pretéritos, como la campaña en Primera de 1969 y el campeonato de la C que ganamos en el 80. Luego vino la debacle. Tras una década en el Nacional B, los 2000 nos encontraron mordiendo el pasto de la tercera categoría del fútbol nuestro. Años de frustraciones y finales perdidas, como la tarde negra en Varela ante Defensa y Justicia y la derrota en casa ante Español. Quiebras, dolor, desengaños. “Este Morón, siempre lo mismo…” me decía mi viejo en estos años, ya cansado de ilusiones truncas y prometidos ascensos que quedaban en la nada. Pero 2017 arrancó distinto. Un equipo consolidado, un DT que labura y una hinchada con muchas ganas de enterrar todos los fantasmas. “Pa, este año ascendemos” le dije en la clínica, cuando la enfermedad hacía estragos y por última vez pudimos ver un partido juntos, obligadamente por la tele. Esa noche fue derrota ante Atlanta en el último minuto, pero de allí en más se consolidaría una racha positiva que nos haría campeones a 4 fechas del final. Qué paradoja: mientras Morón se encaminaba al título, se acercaba también rápido el momento de despedirme de mi viejo para siempre. Luego hubo otros triunfos y una gran derrota, la que toda enfermedad incurable le proporciona a la vida. A veces por goleada, otras en tiempo de descuento. La muerte como cita inevitable, rondando de cerca a quien de chico creí inmortal, invencible. Tanto como la pasión por estos colores, un sentimiento que te lleva a recorrer 700 kilómetros para ir a la cancha, que te deposita contra el alambrado aún cuando tu padre esté en terapia, que te regala un festejo cuando apenitas terminás de despedirte para siempre. Imposible saber si viste el partido desde algún lado, viejo. Con Dante, tu nieto más pequeño, estuvimos en la platea, junto a otros 30.000 ávidos de cortar de una vez y para siempre esa racha maldita de 27 años sin títulos. Te lo dije: este año ascendimos, volvemos al Nacional B, nadie nos quita el sueño de Primera. Como no sé si viste el partido, te cuento que hicimos dos goles al principio y ya gritábamos el dale campeón, pero a cinco del final nos descontaron. Cortamos clavos, fueron cinco minutos en los que reaparecieron todos los fantasmas. Pero al final el árbitro pitó, nos desahogamos y lloramos todos y dimos la vuelta, la primera del Gallo sin que estuvieras en la tribuna. Vos no estabas, pero yo sí te sentí muy cerca mío, del lado del corazón. Como en esa foto de hace casi 40 años.

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